Cada grano arrastrado por ríos y canales costeros aporta una sílaba al relato: illita, caolinita y calcita se combinan, mientras óxidos de hierro enrojecen la pasta durante la cocción. Incluso los restos de conchas, cuando aparecen, añaden porosidad y un brillo discreto que el sol revela en superficies sin esmalte.
Tras las lluvias, las canteras y barrancos liberan vetas blandas que se recogen con palas, se dejan reposar en cubas, y luego se tamizan con agua para separar arenas gruesas. El resultado, decantado con paciencia, se amasa hasta lograr plasticidad uniforme, evitando grumos y sorpresas al poner manos y torno en marcha.